
Jamal Kanj, CounterPunch, 28 julio 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jamal Kanj es autor de «Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America» y otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas del mundo árabe para diversos medios nacionales e internacionales.
El pasado mes de abril escribí «Perdóname, Gaza», una reflexión personal sobre la angustia y la impotencia. Hoy no hay lugar para la introspección. Ya no se trata de culpa personal. Estamos siendo testigos de una campaña israelí de hambruna, destrucción y matanza masivas que sólo es posible gracias a la indiferencia mundial.
No hay hambre en Gaza. Hay una hambruna impuesta por Israel y propiciada por Estados Unidos.
El genocidio en Gaza no es consecuencia de la guerra. Es un pretexto. No se trata de una opinión, sino de hechos documentados, intencionados, y expresados abiertamente por funcionarios israelíes, desde el presidente hasta los ciudadanos de a pie.
Esta intención no es la opinión marginal de unos pocos extremistas, como quieren hacer creer los medios de comunicación controlados por los sionistas. Es la opinión mayoritaria. Un abrumador 82 % de los judíos israelíes apoya la limpieza étnica de Gaza, y una parte significativa respalda abiertamente el asesinato masivo de civiles. Esta es la cruda realidad. Esta es la cultura israelí, alimentada y sostenida por las potencias occidentales desesperadas por expiar sus propios crímenes históricos contra los judíos imponiendo un proyecto sionista colonialista en el corazón del mundo árabe.
Una cultura diabólica que se manifiesta en el hambre de millones de personas por culpa de un régimen intoxicado por su propia impunidad. En octubre de 2023, el presidente israelí Isaac Herzog borró la línea entre civiles y combatientes al anunciar: «Es toda una nación la que es responsable». Con esa sola frase, demonizó a todos los civiles y dictó la sentencia de muerte colectiva que hoy vemos contra 2,3 millones de personas. La semana pasada, redobló su apuesta al afirmar que el asedio israelí «está en consonancia con los valores israelíes y judíos».
El entonces ministro de Defensa, Yoav Gallant, se hizo eco del mismo odio ideológico sionista: «Estamos imponiendo un asedio total… Sin electricidad, sin comida, sin agua, sin gas». Su sucesor, el ministro de Defensa Israel Katz, no fue menos obsceno en su reciente declaración: «No entrará ayuda humanitaria alguna en Gaza».
El ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, fue aún más lejos, afirmando abiertamente que el hambre masiva estaba moralmente justificada. Con una franqueza aterradora, abogó por la limpieza étnica, describiendo la «victoria» israelí como aquella en la que «Gaza quedará completamente destruida», y obligará a los palestinos a «marcharse en masa a terceros países». Sus palabras nos permiten vislumbrar la mentalidad genocida que guía a los líderes racistas de Israel y a la gran mayoría de su población.
No se trata de opiniones radicales aisladas, sino de creencias ampliamente extendidas. Son el motor que impulsa a Benjamin Netanyahu y al Estado israelí. Políticas codificadas en la práctica por un gobierno impregnado de racismo y legitimado por la religión, donde utilizar la comida como arma para matar de hambre a toda una población es algo «justificado y moral».
Tales políticas representan un culto sionista inmoral y arraigado. Es la misma podredumbre moral que permite a las altas figuras israelíes racionalizar los asesinatos en masa en términos religiosos y raciales. Hablando sobre el genocidio en Gaza, el rabino israelí Eliyahu Mali, director de una escuela religiosa en Yaffa, se dirigió a los estudiantes —muchos de los cuales sirven en el ejército— afirmando: «En nuestra mitzvá… (ley judía) no todas las almas van a vivir», e instando a los soldados a matar «a la generación futura (los niños) y a quienes producen la generación futura (las madres), porque en realidad no hay diferencia».
Años antes, el rabino Ovadia Yosef, entonces gran rabino sefardí, predicó que Dios creó a los «goyim… sólo para servir al pueblo de Israel», comparando la pérdida de sus vidas con la de un «burro». Estas palabras no son una aberración. Son autoritarias y reflejan una ideología tóxica arraigada en la cultura y el discurso religioso israelíes. Son pontificaciones religiosas utilizadas para justificar el hambre y la matanza de los goyim palestinos.
Según el Programa Mundial de Alimentos, cerca de un tercio de la población «no come desde hace días». Cuando los líderes israelíes yuxtaponen esta realidad con afirmaciones de moralidad, están invocando una doctrina religiosa que enmarca tal crueldad como una forma de mitzvot divinos.
Esto nos lleva a los vergonzosos facilitadores de esta retorcida visión religiosa. Israel no puede matar de hambre a 2,3 millones de personas sin apoyo externo. No sin la complicidad del régimen egipcio, que permitió a Israel violar su acuerdo complementario de Camp David, que prohíbe la presencia militar israelí en la frontera de Gaza con Egipto.
Y, desde luego, no sin la financiación estadounidense de la «Fundación Humanitaria de Gaza» (GHF, por sus siglas en inglés), que todas las organizaciones de derechos humanos creíbles han tachado de farsa de relaciones públicas israelí. Un proyecto diseñado en Tel Aviv, financiado en Washington y destinado a mantener el hambre mientras se protege a Israel de la creciente indignación mundial. Al igual que Biden, el presidente Donald Trump se doblegó ante Tel Aviv, alimentando la maquinaria de desinformación y financiando las herramientas del hambre con los dólares de los contribuyentes estadounidenses y un escudo político de la Cúpula de Hierro.
El último fracaso de las conversaciones para poner fin al genocidio israelí puso de manifiesto hasta qué punto la administración estadounidense estaba dispuesta a ceder ante la agenda demoníaca de Netanyahu. Las conversaciones fracasaron porque Estados Unidos permitió a Israel utilizar el hambre como moneda de cambio en la negociación política.
¿Y qué hay de Europa? Gran Bretaña y la UE siguen emitiendo declaraciones vacías acerca de «preocupación», advirtiendo repetidamente a Israel de las llamadas consecuencias, pero ninguna de las cuales se materializa jamás. Todo ello mientras siguen suministrando a Israel las herramientas militares y compartiendo la inteligencia que hacen posible este genocidio.
¿Y el mundo árabe? Una vergüenza absoluta. Los regímenes se han mantenido al margen mientras Gaza se sumía en la hambruna, como espectadores pasivos de una película dramática de ficción, indiferentes e impasibles. Con la excepción del Yemen, los árabes, tanto los líderes como el pueblo, han permanecido en un vergonzoso silencio o han seguido con sus actividades habituales con Israel, incluso mientras Gaza se muere de hambre.
En mi artículo de opinión de la semana pasada aludí a un plan para reactivar los lanzamientos aéreos de ayuda alimentaria, que comenzaron el domingo 27 de julio. Los lanzamientos aéreos, al igual que el muelle flotante y la GHF, no son más que distracciones: analgésicos para el cáncer de hambre infligido por Israel. Al igual que la distribución limitada de la GHF, los lanzamientos aéreos son limitados, ya que cada vuelo C-130 puede entregar 12.650 comidas por viaje. Para proporcionar una sola comida al día a los 2,3 millones de habitantes de Gaza, se necesitarían 170 vuelos diarios.
Jordania y los Emiratos Árabes Unidos, los colaboradores que se sienten bien consigo mismos y que lideran los lanzamientos aéreos, cuentan con una flota combinada de 18 C-130. Suponiendo un tiempo de ocho horas extremadamente generoso para la carga, el vuelo y el lanzamiento, y teniendo en cuenta que sólo el vuelo de ida y vuelta entre los Emiratos Árabes Unidos y Palestina dura unas siete horas, cada avión podría, en el mejor de los casos, completar dos viajes al día. Eso supone un total de no más de 36 vuelos diarios, lo que equivale a solo una quinta parte de una comida por persona al día.
Al mismo tiempo, crece la preocupación de que el actual alivio limitado del hambre forme parte de una estrategia más amplia: Netanyahu permite una ayuda restringida a cambio del futuro apoyo de Trump en una operación militar conjunta en Gaza para intentar liberar a los cautivos israelíes. Con las peores imágenes del hambre temporalmente atenuadas, a Trump le resultaría más fácil enviar tropas estadounidenses a otra guerra más hecha a medida para Israel.
Esto podría también explicar el silencio de los ministros racistas de Israel, Smotrich e Itamar Ben Gvir, que anteriormente habían amenazado con dimitir si la ayuda alimentaria entraba en Gaza. Su ausencia de protestas plantea interrogantes sobre qué acuerdo político se está gestando a puerta cerrada.
La «cantidad mínima de ayuda» de Israel no detendrá los estómagos rugientes ni hidratará los labios resecos de los niños de Gaza. Sin embargo, puede que sólo prolongue el sufrimiento de sus cuerpos demacrados antes de asesinarlos en la próxima guerra estadounidense en nombre de Israel.
Los funcionarios estadounidenses deben dejar de repetir los argumentos de Israel y reconocer que el acceso a los alimentos es un derecho humano fundamental, no una herramienta de influencia política. Mientras Israel dicte el mensaje estadounidense y controle el flujo mínimo de alimentos, combustible y medicinas, el hambre persistirá. Mientras tanto, los más vulnerables de la población, un millón de niños, se están consumiendo lentamente. Los que sobrevivan soportarán la carga de una salud destrozada y profundas heridas psicológicas que nunca sanarán. Privados de su infancia, llevarán consigo para siempre su trauma físico y emocional. No olvidarán. Y no perdonarán.
No los perdones, Gaza.
Ni a Europa, que niega comida a tus hijos.
Ni a los árabes, que miran hacia otro lado.
Ni a la administración Trump, que financia tu hambruna.
Ni al mundo, que observa tu sufrimiento en vano.
Foto de portada de Iason Raissis.
Voces del Mundo
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